El escritor en su laberinto

Para David Huerta, lector de SK
Pésele a quien le pese, Stephen King ha sido una presencia contante o más bien constante y claramente sonante para quienes nacimos en la década de los sesenta. Así lo indica Michael Chabon, compañero de generación, luego de haber incluido al autor de Carrie en McSweeney’s Enchanted Chamber of Astonishing Stories, antología de relatos fantásticos publicada en 2004: “King me ha hecho ver el mundo con asombro y terror desde que cumplí quince años.” Por mi parte, reconozco que mi adolescencia estuvo marcada por la lectura quizá un tanto obsesiva de esa verdadera maquinaria literaria que ha convertido el estado de Maine en una de las nuevas capitales del miedo, un Yoknapatawpha del escalofrío. (King, que en 2007 festejó sus sesenta años, es oriundo de Portland y vive en Bangor en una casa digna de sus ficciones.) Aún recuerdo con gusto las jornadas que pasé sumergido en ese universo violento, producto de una imaginación hiperquinética y a prueba de balas, en el que campean los niños, los escritores y sus posibles variantes: los niños que poseen una mentalidad exacerbada —llamémosle escritural, para efectos prácticos—, los escritores que extraen su materia de una niñez signada por lo trágico y/o lo siniestro. La nómina de alter egos de King es amplia y notable: el Ben Mears de La hora del vampiro (1975), que regresa a su pueblo natal para ajustar cuentas con sus fantasmas a través de una novela; el Jack Torrance de El resplandor (1977), cuyo intento por librarse del bloqueo creativo lo lleva a asumir su condición de guardián inmortal de un hotel embrujado; el Gordon Lachance de El cuerpo (una de las cuatro nouvelles de Different Seasons, 1982), que recupera un verano de la infancia como fuente primigenia de su obra; el Paul Sheldon de Misery (1987), que busca deshacerse de la etiqueta de autor sentimental en medio del calvario al que lo somete su fan número uno; el Thad Beaumont de La mitad oscura (1989), que aniquila al seudónimo que le ha dado fama sólo para que este cobre una vida psicótica —King escribió este libro cuando se develó que él era la pluma tras el alias Richard Bachman—; el Mort Rainey de Ventana secreta, jardín secreto (una de las cuatro nouvelles de Four Past Midnight, 1990), que al igual que Torrance padece bloqueo creativo y al igual que Beaumont se rinde a la fractura esquizoide; el Mike Enslin de “1408” (relato incluido en Everything’s Eventual, 2003), que termina por ser víctima de uno de los lugares malditos que se ha dedicado a estudiar. A esta lista se suma ahora Scott Landon, el ganador del Pulitzer y el National Book Award que protagoniza, gracias a los complejos mecanismos memorísticos de su viuda, La historia de Lisey (2006), no en balde considerada la novela más personal de King.
La figura de Landon fusiona hábilmente los dos modelos a los que su autor, prolífico como pocos, suele recurrir: el escritor atormentado por los demonios de la creatividad —el escritor en su laberinto— y el niño que se fuga de su entorno funesto merced a un don vinculado por lo común a la esfera fantástica o fantasmagórica. En este caso, no obstante, tal esfera resulta ser la imaginación: un reino bautizado con un nombre que se antoja extraído de un cuento de hadas (Boo’ya Moon), un territorio regido por una exuberancia tropical en el que la frontera entre genio y locura es representada por un atardecer que opera cambios profundos y macabros en la fauna y la flora, una comarca a la que el artista acude para sanar sus heridas y visitar “el estanque del lenguaje y los mitos al que todos bajamos a beber”. El título de La historia de Lisey es engañoso, ya que en realidad nos hallamos ante dos historias: la de las huidas a Boo’ya Moon que Landon emprende desde su infancia, dominada por un padre que trata de paliar una demencia atávica mediante la automutilación y las sangrías practicadas a sus dos hijos (el propio Scott y Paul, su hermano mayor, que termina por transformarse en una entidad grotesca debido al extraño virus familiar), y la de la viudez de Lisey, empeñada en adquirir una visibilidad que desmienta el dictum con que arranca la novela (“Para la opinión pública, las esposas de los autores reconocidos son seres invisibles”). Es justo en Lisey, uno de los personajes más entrañables de King, en quien recae el peso narrativo y existencial de la trama: es ella la que nos abre las puertas de la intimidad conyugal, una región con un idioma y unos códigos intrínsecos donde se confirma que “todo matrimonio posee dos corazones, uno luminoso y otro oscuro”; es ella la que nos vuelve cómplices del sombrío pasado de su marido gracias a una suerte de matrioshka literaria en la que caben los juegos tipográficos, los desplazamientos temporales —el flashback dentro del flashback— y el flujo de conciencia patentado por King y resuelto entre paréntesis y en cursivas; es ella la que debe lidiar tanto con Amanda, su hermana mayor aquejada por una demencia similar a la de los Landon, como con Jim Dooley, el psicópata que —tras las huellas de Annie Wilkes, la enfermera desquiciada de Misery— lleva el concepto de admirador a sus más brutales consecuencias.
Avecindada en Castle Rock, capital del Yoknapatawpha fundado por King donde se ubican varios de sus libros, Lisey asume que la visibilidad puede tener —y en efecto tiene— un precio muy alto. Pese a la verbosidad que llega a entorpecer y aun a ralentizar algunos fragmentos, su historia y la de su esposo logran salir adelante por la destreza que se aplica a la radiografía marital y a la disección de la viudez, una etapa propicia para hacer las paces con los recuerdos y la soledad. Convertida en un surtidor de memorias y por ende de relatos que se bifurcan, más visible que nunca, Lisey empieza a desaparecer en Boo’ya Moon no sólo para curarse las lesiones infligidas por el fanático Dooley sino para estrechar sus lazos con el difunto Scott y enfrentar al demonio que lo martirizaba: una de esas criaturas que certifican la herencia lovecraftiana de Stephen King y demuestran que, sí, los sueños de la razón producen monstruos. Mapa de los vericuetos que recorren las relaciones amorosas, retrato de la imaginación como feudo mitológico, La historia de Lisey lanza una advertencia doble: si en el núcleo radiante de toda pareja palpita un corazón de las tinieblas imposible de ignorar, en todo edén creativo acecha una zona infernal con la que hay que aprender a convivir. La lección de Scott Landon, incapaz de tolerar las superficies reflejantes al cabo del crepúsculo, es tan terrible como efectiva según nos la transmite su viuda: la escritura es el único escape del laberinto que el escritor, esa otra forma de minotauro, se construye a lo largo de su biografía.
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